¿Cómo saber si vivo con demasiada prisa?
Algunas señales son caminar rápido sin necesidad, impacientarte en una cola, pensar en la siguiente tarea mientras haces otra o sentir inquietud y culpa al descansar. El cuerpo también avisa con tensión muscular o insomnio. Lorena Pidal, psicóloga en Irún y San Sebastián, ayuda a entender qué sostiene ese ritmo.
Suena el despertador y, antes incluso de levantarte, tu cabeza ya ha empezado a organizar el día. Lo que tienes que hacer, lo que no puedes olvidar, esa llamada pendiente, el mensaje que tienes que contestar, a qué hora tienes que salir y todo lo que debería quedar resuelto antes de que termine la jornada.
Te duchas pensando en el trabajo. Desayunas mirando el móvil. Mientras haces una cosa, mentalmente ya estás en la siguiente. Y cuando alguien te pregunta cómo estás, probablemente contestas algo parecido a: «Bien, con muchas cosas, como siempre».
Porque lo curioso es que muchas personas que viven así no sienten que tengan un problema. Funcionan, trabajan, cuidan, organizan, cumplen y resuelven. Desde fuera incluso pueden parecer especialmente eficaces.
Hasta que un día aparece una sensación difícil de ignorar: no estoy pudiendo más.
No necesariamente ha ocurrido nada extraordinario. Quizá simplemente llevas demasiado tiempo viviendo con una velocidad que has terminado considerando normal.
Tener muchas cosas que hacer no es lo mismo que vivir siempre con prisa
Hay etapas objetivamente exigentes. El trabajo, la familia, los hijos, el cuidado de otras personas, la economía, la casa o determinadas circunstancias vitales pueden hacer que durante un tiempo tengamos mucho que atender. Sería poco realista pensar que todo se soluciona aprendiendo a «tomarse las cosas con más calma».
No siempre podemos reducir nuestras responsabilidades.
Pero en consulta me interesa diferenciar algo: una cosa es tener una vida con muchas demandas y otra vivir internamente como si todo fuera urgente.
La diferencia puede observarse en situaciones muy pequeñas.
Quizá tienes tiempo suficiente para llegar a un sitio y, aun así, caminas deprisa. Comes rápido. Te impacientas si alguien tarda demasiado en explicarte algo. Una cola de cinco minutos te molesta porque inmediatamente piensas en todo lo que podrías estar haciendo durante ese tiempo. Escuchas los audios acelerados. Mientras alguien te cuenta algo, una parte de tu cabeza continúa ocupada con lo siguiente.
No hay una emergencia real, pero el cuerpo funciona como si la hubiera.
Y esto puede mantenerse incluso cuando, aparentemente, tenemos la posibilidad de descansar.
Imagina que mañana se cancela algo y aparecen inesperadamente dos horas libres. No tienes que hacer nada con ellas.
¿Qué ocurre?
Para algunas personas es un alivio. Otras tardan apenas unos minutos en empezar a pensar: «Ya que tengo este rato, podría aprovechar para…».
Y vuelven a llenarlo.
No porque exista una obligación real, sino porque estar haciendo cosas se ha convertido en el estado habitual y parar empieza a resultar incómodo.
Esta es una cuestión que aparece con frecuencia cuando trabajo con personas muy autoexigentes. Llegan agotadas, desean descansar y, sin embargo, cuando tienen la oportunidad de hacerlo sienten inquietud o culpa. El cuerpo pide parar, pero la cabeza responde que todavía queda algo pendiente.
Siempre queda algo pendiente.
Cuando estar ocupados también nos ayuda a no sentir
Hay una parte de este funcionamiento de la que se habla menos.
Mantenerse permanentemente en actividad puede proporcionar una cierta sensación de control. Mientras estamos resolviendo cosas sabemos qué tenemos que hacer. Hay un objetivo, una tarea, un siguiente paso.
El problema puede aparecer precisamente cuando desaparece todo eso.
Algunas personas cuentan que durante el día funcionan perfectamente y es por la noche, cuando por fin se sientan, cuando aparece la ansiedad. O esperan con ganas el fin de semana y, cuando llega, no consiguen disfrutarlo. Se sienten inquietas, buscan algo que hacer o empiezan a pensar en todo lo que ocurrirá el lunes.
Por eso no siempre se trata simplemente de aprender a organizar mejor la agenda.
A veces conviene preguntarnos qué ocurre dentro cuando dejamos de hacer.
Puede aparecer miedo a no llegar, a equivocarnos, a decepcionar, a no ser suficientemente responsables. Puede existir una necesidad muy alta de control o la sensación de que descansar es perder el tiempo. En otras ocasiones hemos asociado durante tantos años nuestro valor personal con lo que hacemos que estar ocupados produce incluso una sensación de utilidad: mientras resuelvo, cumplo y atiendo, siento que estoy haciendo lo que debo.
Esto explica también por qué algunas personas responden al agotamiento exigiéndose todavía más.
Se sienten saturadas y hacen otra lista. Se organizan mejor. Añaden recordatorios. Intentan aprovechar mejor cada hueco del día.
Durante un tiempo puede funcionar.
Pero quizá estamos intentando resolver un exceso de carga aumentando nuestra capacidad para soportarla, en lugar de preguntarnos si todo lo que estamos sosteniendo debería seguir ahí.
A veces el cuerpo avisa antes de que reconozcamos el estrés
No siempre somos conscientes de vivir con un nivel elevado de activación.
Podemos haberlo normalizado tanto que la primera señal llegue a través del cuerpo: tensión en el cuello o en la mandíbula, dolores de cabeza, molestias digestivas, dificultades para dormir, palpitaciones, cansancio que no termina de desaparecer.
Otras veces cambia nuestro carácter.
Hay menos paciencia. El ruido molesta más. Una pregunta en un mal momento irrita. Una pequeña dificultad parece enorme. Decidir qué cenar puede convertirse en una demanda insoportable después de haber pasado todo el día tomando decisiones.
Y entonces pensamos:
«Últimamente salto por cualquier cosa».
Quizá el problema no sea aquello por lo que acabas de saltar.
Puede que simplemente ya no quede margen.
Cuando llevamos demasiado tiempo funcionando cerca del límite, cualquier demanda adicional puede sentirse excesiva. Esto es importante porque muchas personas se juzgan por estar más irritables, menos pacientes o menos disponibles emocionalmente sin relacionarlo con el nivel de saturación que llevan acumulando.
También puede ocurrir algo aparentemente contradictorio: estamos agotados, pero no conseguimos descansar.
Nos acostamos cansados y la cabeza continúa repasando el día. Nos despertamos pensando en lo pendiente. Llegamos al fin de semana deseando parar y terminamos llenándolo de tareas.
En ese punto, decir «necesito unas vacaciones» puede quedarse corto. Porque si la forma de funcionar viaja con nosotros, podemos cambiar de escenario sin conseguir realmente bajar el nivel de activación.
Quizá el objetivo no sea conseguir llegar a todo
Esta idea puede resultar incómoda, especialmente para quien lleva años siendo una persona resolutiva.
Muchas veces buscamos estrategias para gestionar el estrés con una expectativa imposible: queremos continuar haciendo exactamente lo mismo, al mismo ritmo y con el mismo nivel de exigencia, pero sin sentir sus consecuencias.
Y no siempre existe una técnica capaz de conseguir eso.
Por supuesto que organizarse ayuda. Priorizar también. Aprender a poner determinados límites puede ser necesario. Pero en ocasiones el cambio empieza con preguntas menos cómodas: ¿qué podría esperar?, ¿qué estoy haciendo porque realmente es necesario y qué hago porque necesito sentir que todo está controlado?, ¿qué responsabilidades me corresponden y cuáles he ido asumiendo?, ¿qué ocurre conmigo cuando no estoy produciendo, solucionando o atendiendo a alguien?
No se trata de convertir la vida en una sucesión de momentos tranquilos. Hay días en los que tendremos que correr y etapas en las que las circunstancias exigirán mucho más de nosotros.
La diferencia está en poder volver después.
Volver a comer sin estar mentalmente en la siguiente tarea. Mantener una conversación sin revisar al mismo tiempo lo pendiente. Sentarse un rato sin sentir inmediatamente que deberíamos estar aprovechándolo. Terminar algo y permitir que exista, aunque sea durante unos minutos, la sensación de «ya está».
Porque quizá el problema no sea que tu vida vaya deprisa.
El problema empieza cuando tú ya no sabes cómo dejar de hacerlo.
Preguntas frecuentes sobre el estrés y la prisa constante
¿Cómo saber si vivo con demasiada prisa?
Si te identificas con síntomas como caminar rápido sin necesidad, impacientarte en colas o sentir culpa al descansar, es probable que vivas con prisa constante. También presta atención a señales físicas como tensión muscular o insomnio.
¿Qué hacer cuando no puedo dejar de estar ocupado?
Empieza por observar tus momentos de inactividad. Pregúntate qué sientes cuando no estás produciendo. Practica pequeños descansos sin planificar y permite que la incomodidad aparezca sin juzgarte. Si la dificultad persiste, buscar apoyo psicológico puede ser útil.
¿Cuándo debo buscar ayuda profesional por estrés?
Si la activación constante, el agotamiento o la irritabilidad afectan tu vida diaria durante semanas, o si síntomas físicos como dolores de cabeza o problemas digestivos aparecen con frecuencia, es recomendable realizar una valoración profesional.
¿La terapia online puede ayudar con este problema?
Sí, la terapia online ofrece un espacio para explorar las causas de la prisa constante y desarrollar herramientas para gestionar la autoexigencia. Permite trabajar la autonomía emocional y la transformación desde tu propio hogar.
Este artículo tiene carácter divulgativo y no sustituye una valoración psicológica individual. Si la sensación de sobrecarga, el estrés o la activación constante se mantienen en el tiempo y están afectando a tu bienestar o a tu vida cotidiana, puede ser recomendable realizar una valoración profesional.
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Psicóloga colegiada AO 12538 · 25+ años de experiencia
Expresidenta del Teléfono de la Esperanza de Gipuzkoa y colaboradora habitual en Cadena SER.
Los contenidos de este blog son informativos y no sustituyen una valoración profesional: cada persona y cada proceso son distintos, y eso es justo lo que se mira en una primera consulta.
